Han pasado exactamente mil cuatrocientos días desde que el segundo ejército mundial invadió Ucrania.
Hoy comienza el cuadragésimo séptimo mes de conflicto.
Incluso el propio presentador oficial del Kremlin, Soloviev, ha señalado recientemente que durante la Segunda Guerra Mundial, en el mismo lapso de tiempo, los tanques rusos habían llegado hasta Viena, mientras que esta vez ni siquiera han logrado ocupar todo el Donbás.
Que sea él quien lo admita no es un detalle menor: el descontento debe de ser enorme.
La propaganda continúa repitiendo que Rusia no puede perder la guerra; es más, que ya la ha ganado
Esto se explica por la convergencia de tres distorsiones.
La primera es la asombrosa maquinaria de desinformación de la Lubianka (la plaza donde se concentran los servicios y su aparato propagandístico), que probablemente sea la única verdadera excelencia rusa a escala mundial.
La segunda es el interés compartido entre Estados Unidos —que explota nuestro temor a Moscú para mantenernos disciplinados— y los aparatos industriales europeos, necesitados de alarmar a una opinión pública adormecida para justificar aquello que, en realidad, debería ser la máxima prioridad de cualquier pueblo: su capacidad militar.
La tercera es el nivel sencillamente alucinante de superficialidad, falta de inteligencia y ausencia de análisis de la gran masa de comentaristas que se alinean acríticamente con la narrativa dominante, repitiendo sin cesar afirmaciones que ni siquiera verifican. Así, cada día se da por conquistado algún pueblo ucraniano por parte de los rusos, olvidando que la misma noticia ya se había difundido la víspera, dos días antes o incluso uno, dos o tres meses atrás. Algunos de esos lugares, en realidad, no fueron conquistados entonces ni lo son ahora: bastaría con comprobarlo.
En definitiva, Moscú gana la guerra sobre el terreno únicamente en la imaginación colectiva, no en los hechos.
A un coste descomunal, a lo largo de todo 2025 el frente avanzó apenas unos cincuenta kilómetros, sin ninguna ganancia estratégica.
Si el conflicto se limitara exclusivamente a la guerra sobre el terreno
la victoria rusa o ucraniana dependería de cuál de las dos máquinas colapsara primero. Pero no existe solo el frente territorial: están también todos los efectos colaterales y estructurales, y si la guerra no marcha bien para Rusia, el resto constituye un auténtico desastre.
El prestigio militar ruso ha sido objeto de burla
Dos derrotas estratégicas ya en 2022 y 2023 (Kiev y la batalla de Odesa) hicieron que Rusia quedara en una situación comparable a la que nosotros italianos vivimos en Grecia en 1941, con el consiguiente coste en prestigio y autoridad.
La flota rusa ha sido prácticamente neutralizada, con pérdidas graves y repetidas en el mar Negro.
Incluso si Moscú lograra —y subrayo si— conquistar o hacerse “regalar” el Donbás, ¿qué tipo de victoria sería esa? Consideradas las pérdidas humanas inmensas, la victoria de Putin no sería más que una versión contemporánea de una victoria pírrica.
Mientras tanto, Rusia ha perdido
—en beneficio de Turquía y Estados Unidos— toda su influencia en la zona entre Armenia y Azerbaiyán. Tras la firma del TRIPP este verano, también se rompió la conexión geoestratégica con Irán, que desde entonces no ha hecho más que condenar al Kremlin.
En el vecindario “eurasiático” ya todo se transa en dólares; la penetración china es masiva, mientras las relaciones geoeconómicas con Europa se han multiplicado y la presencia rusa se desvanece rápidamente.
La Rusia oriental está ya fuertemente marcada por la inmigración china, hasta el punto de que en Pekín algunos consideran posible separarla del resto del país en caso de colapso ruso. Al mismo tiempo, Moscú se convierte progresivamente en terreno de capitales chinos y surcoreanos.
La situación tampoco es mejor en África
Si bien Rusia ha logrado afianzarse en el Sahel en detrimento de los europeos —con la ayuda activa y descarada de Estados Unidos, que incluso alojó tropas rusas en sus propias bases—, allí donde ha intervenido el territorio controlado por rebeldes yihadistas se ha triplicado rápidamente.
El intento de presentarse como paladina de la causa africana en el verano de 2023 se desvaneció con rapidez: tras reunir a más de cuarenta países en la primera conferencia, un año después apenas quedaba una docena.
Peor aún fue el resultado con el mundo árabe. Hace pocos meses Moscú intentó repetir la operación africana: obtuvo únicamente la presencia diplomática de un representante de la Liga Árabe y, como representante gubernamental, la de Al Jolani, el mismo que derrocó a Assad, protegido precisamente por Rusia.
Los iraníes aprovecharon la ocasión para hacer pública la traición rusa en Siria.
Tampoco le va mejor en el llamado frente del Sur Global
En la última cumbre de la OCS, China acaparó el protagonismo e India asomó con cautela, mientras Putin fue tratado como un actor secundario y tuvo incluso que soportar la afrenta de escuchar de boca de Xi que “no se puede permitir que Rusia pierda la guerra”. Esto significa que, para Pekín, no solo se trata de una posibilidad real, sino que, para evitarla, Moscú no puede lograrlo por sí sola.
Pese a lo que afirme la propaganda, las sanciones han golpeado duramente a Rusia
Son los testimonios de quienes trabajan allí —personas generalmente prorrusas— los que describen a diario una situación de aumentos vertiginosos de precios y escasez de bienes.
Moscú, con la soga al cuello, liquida sus hidrocarburos a precios de saldo a China e India y cede activos estratégicos.
Lukoil y Gazprom ya han iniciado procesos de venta.
Hace pocos días, el Congreso de Estados Unidos aprobó una serie de medidas
relativas a las tropas estadounidenses en Europa, las sanciones contra Rusia y el suministro de armas a Ucrania que distaron mucho de lo que Moscú esperaba, hoy reducida a mendigar apoyo y protección de Washington. Las decisiones estadounidenses confirman, sin embargo, que a EE. UU. le conviene que Rusia continúe la guerra, precisamente que la continúe, mientras en el Kremlin se habían ilusionado con recibir una victoria que no supieron conquistar y que, de haber jugado mejor sus cartas, probablemente les habría sido entregada antes de finales del pasado noviembre. Ahora, concedérsela se ha vuelto complicado.
A Putin solo le queda la esperanza de que Ucrania colapse antes que Rusia, algo que debería lograrse mediante el uso masivo de drones baratos. Sin embargo, no existe certeza alguna de que estos quiebren la moral ucraniana, que ha demostrado ser muy distinta de la imagen difundida durante años por rusos, rusófilos y pusilánimes. Y si eso no ocurre, ¿qué le quedará a Rusia para salvar lo salvable, es decir, lo poco que queda de su prestigio?
¿Bastará la formidable maquinaria mediática? Lo dudo. Especialmente si incluso Soloviev…
Y, de repente, Putin ya no descarta reunirse con Macron
contradiciéndose de forma clamorosa. La sensación es que va a la deriva y busca desesperadamente una salida.
Quién sabe si, entre las numerosas muertes de alto perfil en torno al Kremlin, no se esconde una lucha feroz entre clanes.
Quién sabe si las advertencias del Instituto Valdái —que para Rusia cumple un papel similar al del CFR en Estados Unidos— sobre la urgencia de recomponer relaciones con Europa y aflojar el abrazo chino no se están volviendo insoportablemente apremiantes.
Putin es un líder de todo o nada, pero las veces que desde el 2022 lo ha apostado todo y ha salido mal —muy mal— empiezan a ser demasiadas. Y si el padrino ruso no logra, ya no se sabe cómo, obtener de inmediato al menos todo el Donbás y reabrirse cuanto antes a Occidente, podría verse afectado por una de esas “enfermedades” tan habituales en aquella Unión Soviética que a él y a Lavrov les gusta tanto.

