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El escudo y la espada

Si no comprendemos todo con claridad, nos perdemos en los detalles que nos confunden y nos vuelven inútiles

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Hinchas de partisanos que terminan peleándose entre sí, exaltadores de la Resistencia que no quieren a los estadounidenses en las celebraciones, intransigentes de la Shoá que resultan ser antisemitas, antisemitas que exaltan el sionismo, comunistas que se reinventan como soberanistas, exnacionalsocialistas que detestan Europa, movimientos radicales de antigua mitología heroica que se proclaman pacifistas, racistas biológicos que se identifican con el Sur Global, admiradores de la División Carlomagno que aplauden la victoria patriótica rusa de 1945, censores absolutos del 8 de septiembre (el día de la traición del Rey de Italia en la Segunda Guerra Mundial) que predican el desarme y la deserción: este es el Kali Yuga según Mel Brooks.

Más allá de reírse, ¿se puede hacer algo?


Quizá comprender que, si el desequilibrio es tal, las razones deben buscarse en el origen: las posiciones ya no son el producto de una arquitectura armónica, sino el resultado de opiniones individuales, de oportunismos reales o supuestos, que no siguen ningún camino coherente ni tienen raíces profundas.

Son posiciones individualistas, átomos inertes. Se mira aquello que parece ofrecer una ventaja inmediata para librarse de esto o aquello (como si eso o aquello fuera el verdadero problema), no en nombre de un pasado o de un futuro, sino desde la irritación propia de la insatisfacción.

Si uno no tiene claro quién es y de dónde viene, no puede saber adónde quiere ir.
Si no posee una capacidad analítica para comprender la historia, la economía y la sociología, no puede saber cómo llegar allí.
Si no entiende que existen al menos dos líneas de fractura que deben considerarse simultáneamente, es arrojado como una bola de pinball descontrolada y queda inevitablemente atrapado en el ridículo.

En mi reciente La revolución silenciosa, que va salir en un rato en España, las distingo de la siguiente manera:

“Las líneas de falla existentes son de dos tipos diferentes, como si existiera una demarcación horizontal que dividiera cada sociedad en dos según la actitud existencial, y otra vertical que separa a las potencias y a los actores nacionales entre sí.

La fractura horizontal enfrenta el fanatismo global al rechazo de la transformación antropológica que este promueve, así como a la ingeniería social que lo acompaña”.

Creo que es desde aquí desde donde debemos partir

para disipar la niebla que envuelve las mentes cuando, como ocurre a menudo hoy, todo avanza de forma caótica.

Porque el conflicto, aunque rara vez pensemos en ello, se desarrolla en dos frentes: uno cultural, existencial e interno a nuestras sociedades; y otro de poder —económico, militar y energético— que ha puesto en competencia, entre ellas y con las dominantes, a potencias emergentes o resurgentes, comprimidas entre aquellas que vencieron en 1945 y China.

En el caos general y la confusión ideológica que caracterizan esta época, las prioridades se vuelven subjetivas. Algunos creen que todo aquí debería derrumbarse para que luego pueda surgir algo nuevo. Considero que se equivocan, porque la historia demuestra que estas “soluciones” siempre condenan a siglos de irrelevancia.

Por esta razón, apoyan a los supuestos antagonistas de nuestra sociedad —particularmente Rusia, Irán y a veces China— confiándoles la tarea de regenerar nuestras sociedades como invasores o sátrapas.

En mi opinión, esto no tiene ningún sentido ni ofrece ninguna perspectiva real. Además, implica glorificar modelos como mínimo discutibles, que pasan a considerarse virtuosos simplemente por ser ajenos a nuestra vida cotidiana.

Hay quienes, como yo, consideran en cambio el proceso europeo —y subrayo el proceso, no el modelo— como la única posibilidad de redención y regeneración, así como la continuidad profunda y silenciosa del pasado y el camino principal hacia nuestro futuro.

El problema es que no basta con elegir de qué lado de esta demarcación situarse

—ya sea del lado de nuestra sangre, nuestro espacio físico, nuestro genius loci, o contra todo ello en nombre de un reformador u otro—. Hay que recordar siempre la otra demarcación: la social, cultural y existencial, que enfrenta el sentido común y la naturaleza con las imposiciones psicopáticas de las oligarquías dominantes. Estas oligarquías existen aquí igual que en cualquier otro lugar, porque en los supuestos “paraísos” antagonistas suelen ser incluso peores que las nuestras.

Pero, en el fondo, esto importa poco. No se puede limitar uno a elegir un bando —a favor o en contra de nosotros, los pueblos de Europa y nuestro espacio vital— sin comprometerse también en el frente interno.

Porque si bien es cierto que quienes depositan sus esperanzas en un invasor exótico están atrapados en una ilusión, tampoco basta con apoyar una Europa poderosa dentro del marco del mundo actual si, al hacerlo, se abandona el deber de actuar como vanguardia del pueblo, de la nación y del imperio, y de luchar dentro de una dinámica positiva.

Por analogía

frente a cualquiera o cualquier cosa que se oponga a la dinámica europea, es necesario el Escudo: la defensa sin vacilaciones ni remordimientos. Pero también debemos alzar la Espada dentro de nuestras sociedades: Durandal, Excalibur, el Gladio.
Una axialidad interior, sagrada y regeneradora.

Y aquí volvemos al punto de partida, donde realmente se explican todos nuestros errores de las últimas décadas.

Si uno no tiene claro quién es y de dónde viene, no puede saber adónde quiere ir.
Si no posee una capacidad analítica para comprender la historia, la economía y la sociología, no puede saber cómo llegar allí.

Si no logramos usar claramente la mente, dejemos hablar al corazón, porque siempre nos conduce hacia el lado correcto. Cuando nos desviamos, es porque nos hemos dejado guiar por prejuicios cultivados en la marginación, por el derrotismo, la pereza existencial o la comodidad disfrazada de lo que se presenta como “superación inteligente de esquemas”, siempre en una sola dirección y proclamada invariablemente para justificar la propia rendición y sumisión a alguien más.

El corazón nos dice algo muy distinto:

si lo unimos a la mente, evitaremos girar como hojas muertas en momentos que, de todos modos, serán decisivos y terminarán siendo victoriosos, con nosotros o a pesar de nosotros.

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