Sentimientos encontrados, pero comprensibles.
Estados Unidos ha llevado a cabo en Venezuela un acto de imperialismo internacional.
Lo ha hecho contra una banda de narcotraficantes que durante años ha tiranizado a la población, hasta el punto de forzar a un tercio de ella a emigrar: ¡peor que en la Alemania Oriental!
El único precedente comparable es el de Panamá en 1989, con la captura de Noriega y su extradición forzada a Estados Unidos, exactamente como ha ocurrido hoy con Maduro.
¿Cómo no condenar el acto imperialista y, al mismo tiempo, cómo no condenar a Maduro? El hombre que eliminó toda forma de libertad en Venezuela y logró empobrecer a un pueblo que vive sobre inmensos yacimientos de petróleo.
Lo más importante es que las últimas máscaras están cayendo
¿El “derecho internacional”? ¿El mismo al que apela Rusia tras invadir Ucrania, después de haberse comprometido por tratado incluso a defender su integridad territorial?
Por favor, no seamos ridículos.
La diferencia entre Moscú y Washington es que las operaciones especiales estadounidenses son golpes rápidos, mientras que las rusas se transforman en pantanos sangrientos e inextricables.
El derecho internacional existe solo de manera relativa, y siempre ha sido así. Es bueno reconocerlo hoy abiertamente.
No es tanto el derecho internacional como la justeza de las causas lo que debe guiar la defensa de los pueblos.
Y, ante todo, de los pueblos hermanos, es decir, los europeos.
Y, sobre todo, debe entenderse de una vez por todas: «no hay dioses que empuñen las armas en lugar de quienes, en vez de luchar, se limitan a rezar».
¡Rearme, rearme, rearme!
Esta es la única lección moral legítima y honesta que puede extraerse del ajuste de cuentas entre mafias del poder, todas ellas basadas, entre otras cosas, en el narcotráfico.
Todo lo demás es hipocresía, impotencia y delirio.
