Conviene comenzar recordando la conferencia que ofrecí para varias radios web unos meses después del 7 de octubre
En aquella ocasión señalé que Israel se había convertido recientemente en un centro energético israelo-árabe y sostenía que esta transformación debía tenerse presente, junto con las nuevas alianzas que Tel Aviv había consolidado con distintos gobiernos árabes, algunos de los cuales incluso cooperan hoy en su defensa antiaérea.
El descubrimiento de importantes reservas de gas natural frente a la costa israelí fortaleció sus relaciones con Egipto y dio lugar a una sólida asociación con Chipre y Grecia. La participación de Israel en el East Mediterranean Gas Forum se inscribe también en esta etapa de renovado activismo regional.
Además de sus repercusiones internas, el hallazgo de los yacimientos Tamar y Leviathan permitió a Israel reducir drásticamente sus importaciones de energía y convertirse, en 2020, en exportador neto de gas natural. Desde entonces, una parte sustancial del gas israelí se envía a Egipto a través del East Mediterranean Gas Pipeline, que conecta Ashkelon con la ciudad egipcia de Arish y que inicialmente había sido diseñado para abastecer a Israel con gas egipcio.
La firma de los Acuerdos de Abraham en agosto de 2020
—que normalizaron las relaciones con Emiratos Árabes Unidos, Baréin y Marruecos— tuvo igualmente un impacto decisivo en la evolución del sector energético israelí. Se multiplicaron los acuerdos bilaterales y las inversiones, especialmente entre Israel, los EAU y Marruecos.
Aunque el gas natural sigue siendo el eje de estas relaciones, también se han registrado importantes inversiones en energías renovables y en el sector del hidrógeno. En marzo de 2022, la empresa estatal Israel Electric Corporation firmó un memorando con la emiratí Energroup para el desarrollo de proyectos de hidrógeno verde y azul en Israel. Unos meses después, en septiembre de 2022, Israel y Marruecos anunciaron un acuerdo para potenciar la investigación bilateral en el ámbito energético, con énfasis en la economía del hidrógeno, la energía solar y las baterías. Estas líneas de cooperación están igualmente presentes en diversas plataformas regionales o intergubernamentales en las que Israel ha participado recientemente, desde el Foro del Néguev hasta el I2U2, creado junto a los EAU, India y Estados Unidos.
En dos décadas, Israel ha pasado de ser un país dependiente
de las importaciones de hidrocarburos a convertirse en un exportador neto de gas natural, una metamorfosis que se consolidó aún más tras la guerra en Ucrania.
En aquel momento afirmé que esta transformación era clave para comprender los objetivos estratégicos de Israel, entre ellos el de reducir al mínimo cualquier futuro Estado palestino —aunque su reconocimiento resulte imprescindible para ciertos acuerdos con las monarquías petroleras— y mantenerlo bajo una estrecha tutela.
Poco después, la situación se precipitó con los bombardeos en Líbano, Irán y Catar.
¿Dónde estamos hoy?
El panorama es complejo: intervienen no solo los intereses de las monarquías del Golfo, sino también sus rivalidades internas, mientras Trump libra una doble partida para asegurar la hegemonía estadounidense: una con Israel y otra frente a China.
El plan de paz de Trump fue respaldado en el Consejo de Seguridad de la ONU por gobiernos que no pueden considerarse afines a Israel, como Turquía, Pakistán e Indonesia.
El plan —presentado en Sharm el-Sheij ante una multitud de actores internacionales, con Mahmoud Abbas, presidente palestino de la ANP, rival de Hamas, incorporado a última hora por presión europea— se anunció apenas un mes después del bombardeo israelí de Doha.
Probablemente, aquel gesto de fuerza terminó siendo un boomerang.
De hecho, Trump se apresuró a extender su paraguas protector a Catar y a proponer el envío de fuerzas internacionales de paz a Gaza, con el fin de frenar los impulsos israelíes.
Mientras tanto, Arabia Saudita firmaba con Pakistán un acuerdo para un paraguas nuclear: un mensaje dirigido a Tel Aviv, pero también a otros. Pakistán es estrecho aliado de China, y Pekín ha adquirido una influencia considerable en Oriente Medio. Estados Unidos pretende contener esa expansión garantizando el apoyo a las monarquías árabes y reactivando el espíritu de los Acuerdos de Abraham de 2020, recordemos, obra de Trump. Washington tenía que reaccionar con rapidez.
Uno de los aspectos más relevantes es la promesa estadounidense a Hamás
de garantizarle inmunidad si abandona la lucha armada y se limita a la actividad mafiosa que ya ejerce entre los palestinos.
Israel ha dado un consentimiento tácito a este planteamiento, permitiendo a Hamás ejecutar públicamente a palestinos acusados de “colaboración”. Una flagrante hipocresía.
Se trataba de eliminar rivales, igual que sucedió en Italia en 1944 con la maniobra ruso-estadounidense que condujo a la masacre de los antifascistas pro-británicos en las Fosas Ardeatinas.
Hamás ha sido siempre una organización mafiosa utilizada para sabotear la unidad palestina. En un Oriente Medio tan complejo y ambiguo, ha sabido acomodarse a casi todos sus patrocinadores —Israel, Catar, Irán e incluso la Bolsa de Estambul— en busca de financiación y protección. Hoy, casi todos ellos le piden que asuma el control de Gaza tras un lavado de cara: basta infiltrar a sus cuadros o cambiar de nombre. ¿Quién mejor que ellos para ejercer de capos? Entre bandidos siempre se entienden.
No cabe duda de que Hamás aceptará: ya ha desplegado sus milicias contra Asad y en Egipto coopera con el gobierno frente a otros grupos yihadistas.
Pero siguen pendientes varias cuestiones
La primera es Netanyahu, completamente incapaz de gestionar un proceso de “pacificación”. Por ello Trump ha insistido repetidamente en que se le conceda un indulto, a cambio, claro está, de un relevo político. Esto demuestra que la aventura de Doha lo debilitó, en contra de lo que podría haber parecido inicialmente.
Luego queda por decidir qué “reserva” se dejará formalmente a los palestinos.
Los rumores indican que Israel estaría dispuesto a ceder Gaza pero no Cisjordania.
Y finalmente, queda por definir qué fuerza internacional se encargará de garantizar la pacificación.
Los principales candidatos son Turquía, Estados Unidos e Indonesia, pero, si llega a formarse, esta fuerza será probablemente mucho más amplia: nadie querrá quedar fuera de la partida.
¿Qué efectos cabe esperar?
A grandes rasgos, los que ya anticipábamos hace más de un año.
En primer lugar, en zonas estratégicas para nosotros tanto geográfica como energéticamente, el control no estará en manos europeas, sino en las de potencias regionales junto a Estados Unidos y China.
En segundo lugar, dado que mantenemos vínculos energéticos y económicos con gobiernos árabes, las minorías yihadistas que se oponen a ellos tendrán un incentivo aún mayor para cometer atentados en nuestras ciudades.
Y en tercer lugar, como lamentablemente anticipé, la voz de los pro palestinos en Europa —o más bien la voz de los falsos pro palestinos europeos, alineada con el “antifa arcoíris”— adoptará cada vez más los rasgos de un islamismo imaginario.
Avanzamos hacia ese islamogauchisme que Mélenchon popularizó en Francia.
El polvorín está lejos de haberse desactivado, y las explosiones también nos alcanzarán.
