venerdì 29 Agosto 2025

Décima edición de los Lansquenetes de Europa

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Solo quien ha vivido la experiencia de los encuentros europeos que tienen lugar cada julio en Provenza puede comprender realmente su significado.
Para quien no ha estado allí, cualquier intento de imaginarlo —por acertado que sea— no pasará de ser una representación abstracta, periférica, racional. Es decir: no tendrá ni la más remota idea.
Ni siquiera comparándolo con las bellas —aunque muy distintas— fiestas gibelinas de un solo día.

Tal vez sea la magia del lugar, o tal vez la comunión espiritual, pero sucede algo extraordinario:
Personas de todas las edades —de ocho a ochenta años (y hemos tenido desde los dos hasta los noventa)— se reconocen entre sí, aunque nunca antes se hayan visto.
Hablan un mismo lenguaje, aunque se escuchen siete u ocho idiomas distintos y los políglotas sean escasos.
Se ordenan con alegría, se entregan con entusiasmo.
Saben explicarse y debatir sin rencor.
No imponen sus opiniones ni convicciones personales, porque se encuentran en una armonía tan natural que parece que se conocieran desde siempre, aunque apenas haya transcurrido un minuto desde su primer encuentro.

Liberados de la hipnosis cotidiana y de la rabia estéril de la vida diaria, redescubren quiénes son.
Emprenden un rápido viaje del espíritu que va desde el camello (disciplina y esfuerzo), pasando por el león (afirmación y orgullo), hasta llegar al niño (pureza y renacimiento).
En cuestión de minutos, ascienden a esas cimas desde las que uno puede sonreír ante las comedias y tragedias demasiado humanas.

Por todo esto, hacer una crónica de la décima edición no basta para transmitir lo vivido.

Tal vez, solo en parte, se pueda dar una idea partiendo del texto que distribuimos —en todos los idiomas— al momento de la llegada:

Los Lansquenetes de Europa se reúnen cada año en Provenza.
Lo que para muchos parece simplemente una fiesta, para nosotros es también un acto de siembra.
Durante los últimos diez años, este encuentro ha dado origen —directa e indirectamente— a múltiples realidades concretas.
Desde aquí han nacido vínculos que han permitido ampliar centros de estudio e institutos culturales en diversos países europeos, crear sitios web y radios capaces de superar celos grupales y construir auténticas colaboraciones.
Se han formado lazos humanos sólidos, a veces reforzados por intereses profesionales, pero sobre todo ha nacido un espíritu de cuerpo europeo.

En el ámbito de la formación, además de los textos y cursos que hemos promovido directamente, ha emergido un auténtico giro cultural e ideal, capaz de arraigar en distintas realidades europeas.
Un giro que ha sabido revertir muchas de las distorsiones introducidas por influencias culturales hostiles.

Como explicamos en nuestros documentos, los Lansquenetes no son un movimiento, ni un partido, ni un centro de estudios, ni un grupo, ni una secta.
Son algo más orgánico y profundo: una fuerza que no actúa para cosechar reconocimientos o victorias personales, sino para que lo construido se convierta en patrimonio común, expresión de una sinergia natural y de una acción compartida.

Esta elección implica que nuestra acción, desde el primer momento, no sea fácilmente visible.
Muchos de nuestros resultados son de segundo orden, indirectos, porque no buscamos éxitos firmados, sino transformar un entorno.
El mundo gira, silenciosamente, en torno a quienes renuevan valores.

Para comprender cuán firme y tangible es lo que generamos, hay que estar realmente integrado en nuestro “mecanismo”.
Y si ocurre —y ocurre con frecuencia— que otros se apropian de lo que nosotros hemos ideado, animado y producido, y lo presentan como propio… no importa.

No tenemos cerrazones, salvo las dictadas por la ética y los principios.
Siempre hemos preferido la brújula que señala el norte a las posiciones de parte, sean políticas, nacionales, internacionales o geopolíticas.
Creemos que lo esencial debe prevalecer sobre lo contingente: cuando lo esencial está claro, lo contingente difícilmente puede dividir.
Y si llegara a hacerlo, jamás será de forma destructiva o desagradable, como suele suceder en un mundo sin principios.

Las líneas guía de los Lansquenetes de Europa están expuestas en nuestros documentos colectivos y en el libro Desafío al Futuro.


Desde una perspectiva ideal, se basan en:

La primacía de los valores éticos y existenciales sobre cualquier otra consideración

La recuperación de los ideales fundamentales y su aplicación al presente

Una visión imperial de Europa, con el rechazo de toda tendencia centrífuga o disgregadora

El fomento de sinergias dentro de la plena autonomía

El estudio y la aplicación de metodologías innovadoras y eficaces

Una orientación activa, constructiva y creativa hacia el futuro, rechazando el derrotismo, el eslogan fácil o el victimismo

El encuentro anual de los Lansquenetes de Europa no es un fin, sino un instrumento: el pegamento que permite que todo esto continúe, viva y crezca a lo largo del año, en muchos lugares y en muchos corazones.

La décima edición


Se desarrolló en cuatro sesiones de reflexión teórica, en las que se repasaron las acciones realizadas, con sus respectivas siembras y cosechas; cuatro demostraciones de artes corporales (dos de Tai Chi, una de esgrima italiana y una de Qi Gong); y siete competiciones entre los cuatro equipos.
Como cada año, los equipos —mixtos por edad, sexo e idioma— animaron con entusiasmo el encuentro.

Este año se decidió nombrarlos en honor a movimientos que, entre los siglos XIX y XX, revolucionaron el imaginario juvenil:

Nuevos Griegos (gris)

Wandervögel (azul)

Jóvenes Requetés (blanco)

Fiumanos (rojo)

Los Fiumanos dominaron las competiciones, pero eso no es lo relevante.

Las pruebas fueron:

Bochas

Lanzamiento de hacha

Esgrima italiana

Trivial Pursuit

Fútbol

Pulso

Futbolín

Dos de las sesiones teóricas se dedicaron a presentar acciones y realidades consolidadas en distintos países: Italia, Países Bajos, Francia, España, Portugal, Grecia y Argentina.
Solo se trató de una muestra de lo ya realizado, y de lo que sigue dando frutos.
El contacto con los dos últimos países fue remoto, y —si el azar existe— el encuentro con Argentina coincidió con el día de la ascensión de Evita.

Además, se trabajó en dos comisiones: una para mejorar los contactos internacionales y otra para reforzar la comunicación.

Y sin embargo, todo lo dicho no logra transmitir el verdadero espíritu.
No puede hacerlo, porque lo que anima cada instante de esos días no se puede describir.
No se puede comparar con ningún otro evento ni fórmula: todo paralelismo conduce al error.

Así como la naturaleza y la función de los Lansquenetes de Europa no se ajustan a modelos convencionales, tampoco el rol de cada participante encuentra equivalente en otras experiencias.

Todos son protagonistas.

Lo son porque están involucrados con disciplina —incluidas las tareas de limpieza—, físicamente en las competiciones, emocionalmente en las veladas, pero sobre todo mental y operativamente.
No hay adoctrinamiento, sino un crecimiento interactivo, donde cada uno aprende y enseña al mismo tiempo.
Personas de todas las edades se encuentran lado a lado: mayores y jóvenes, referentes de movimientos, miembros de asociaciones consolidadas, centros de estudio, institutos metapolíticos, junto con individuos libres.
Y actúan juntos, sin arrogancia por parte de los unos ni pérdida de humildad o respeto por parte de los otros.

No es poca cosa.
No es poca cosa en absoluto.

Todo lo que surge después —ya sea planificado o como fruto espontáneo— tiene sin duda su importancia.
Pero nunca tanta como la tiene aquello de lo que todo parte: la esencia pura de lo que debe ser.
Una esencia que seguiría actuando incluso sin necesidad de actuar.
Y, sin duda alguna, sin agitarse.

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