Hoy tiene lugar la ceremonia rusa de la “victoria patriótica”: un auténtico baile de los vampiros.
¿Qué celebran? La victoria contra nosotros, junto con los estadounidenses que los habían armado y financiado y que, mientras tanto, nos combatían en otros tres frentes.
Su victoria sobre Europa.
El advenimiento de un sistema liberticida, sórdido, terrorista, fracasado, que se apoderaría de los pueblos de media Europa, que negaría sus naciones, que daría vida al famoso “Archipiélago Gulag” y que implosionaría cuarenta y cinco años más tarde por la total incapacidad de sus carceleros.
Mientras tanto, el miedo sacrosanto
a esas bestias permitió a los estadounidenses encuadrarnos a todos en la OTAN, con la complicidad de sus perpetuos servidores moscovitas.
La OTAN nunca hizo nada contra los rusos. Cuando la URSS implosionó, fueron precisamente los estadounidenses quienes corrieron a socorrerla para evitar su desmembramiento. Incluso intentaron impedir la constitución de Ucrania como nación independiente (es famoso en este sentido el discurso de Bush padre en Kiev).
Y cuando ofrecieron a los pueblos recién liberados el “escudo” de la Alianza Atlántica, “curiosamente” no colocaron ojivas nucleares en los nuevos Estados miembros; el 40% de los misiles defensivos en Europa fue desmantelado; Moscú, en cambio, armó ojivas nucleares en Kaliningrado apuntando a las ciudades europeas; mientras tanto, Rusia se convertía en miembro asociado de la OTAN y lo siguió siendo hasta noviembre de 2021.
Desde el primer día de la invasión de Ucrania
denuncié el doble juego estadounidense, la complicidad entre esa superpotencia y Rusia y el hecho de que la guerra favorecería los intereses estadounidenses, pero que quienes la pusieron en marcha por cuenta de ellos fueron mucho más los rusos de los ucranianos.
Han pasado más de cincuenta meses y, junto con la geométrica impotencia militar de las hordas orientales, se ha confirmado día tras día que yo había visto bien. Hasta el punto de que la supuesta y pregonada conflictividad entre rusos y estadounidenses ha desaparecido de toda declaración, incluso en tiempos de Biden: los rusos la tienen solo con nosotros y Estados Unidos no es diferente.
Otro engaño más se ha disipado con una soltura incluso embarazosa.
La misma soltura embarazosa con la que los prorrusos, que hablaban de una potencia europea o euroasiática contra los estadounidenses, han adoptado una retórica contra Europa y solo contra Europa.
Sigue presente
en muchos la embriaguez prorrusa porque no se resignan a admitir que depositaron ilusiones absurdas en un sistema de gánsteres fracasados.
No se sienten capaces de aceptar la verdad —¡tan a menudo duele!— y se empeñan en soñar con un “barco pirata” brechtiano para ser “liberados” por un bandido providencial.
Hasta aquí, nada grave. Está permitido vivir de engaños, de utopías y de ilusiones inmaduras,
siempre que se haga con un mínimo de dignidad. No, es decir, como a menudo ocurre, con el platillo en la mano para hacerse pagar por embajadas o por organizaciones de un Estado extranjero, y abiertamente hostil, viajes, iniciativas, publicaciones, sedes de encuentro, tribunas. Porque en ese caso, las propias convicciones ya no son simplemente equivocadas, sino dictadas por quien paga.
Hay varios ejemplos llamativos de servidores “ilustres” que se afanan, bien remunerados, en mantener vivas una serie de mentiras sobre la justeza de la causa rusa o, cosa aún más ridícula, sobre su gran potencia militar que, sin embargo, no se ha visto en absoluto. Ni ayer, ni hoy, sino mañana…
Creo que es tarde para cambiar de idea
sobre este conflicto; cada uno se ha formado la suya. Es cierto también que con el paso del tiempo he observado mucha más moderación y cierto desencanto en no pocos prorrusos.
La vida me ha enseñado, sin embargo, que casi nadie tiene el valor de admitir que se ha equivocado; más bien finge que no ha pasado nada y sigue adelante.
Y, en el fondo, dada la relevancia de cada uno de nosotros en esta historia, no es tan importante.
También es comprensible que no todos hayan llegado a este punto, sino que se aferren a una pasión irracional por una Rusia imaginaria porqué la réal no tiene nada en común con la que se han representado ni con la artificial que les mostraron los comisarios políticos que los recibieron.
También eso es humano, demasiado humano.
Mi deseo para ellos
por su amor propio, es que no se enorgullezcan hoy del baile de los vampiros en Moscú. Porque no hay equívoco sobre lo que celebra: la derrota de Europa, la toma del búnker defendido por la Charlemagne, la sumisión de los bálticos, de los bielorrusos, de los ucranianos, de los polacos, de los rumanos, de los checos, de los eslovacos, de los búlgaros, de los húngaros y de gran parte de los alemanes, junto con el desmembramiento de Alemania acompañado de ciertas prácticas genocidas.
Cuarenta y cinco años de depresión, tiranía, terror y exaltación de todo lo que es subhumano.
Mel Brooks… o la esquizofrenia.

