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No repetiremos el error de casi todos

Defenderemos a Europa de sus adversarios y mejoraremos el populismo

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¡Y este es un error que nosotros no cometeremos!

Años y años de alienación de la sociedad respecto del poder han caracterizado la época de la Posdemocracia, con una desconexión masiva de la política por parte de al menos uno de cada dos ciudadanos, mientras que la participación de los restantes queda asegurada únicamente por costumbre, por interés privado o por el simple hecho de apoyar a alguien en contra de otro.

Luego está esa minoría absoluta que se dedica a la política por profesión, por pasión o por inclinación, pero que, desde hace varias décadas, nunca ha hecho verdadera política.

Mientras la política flota en una burbuja de demagogia barata, la realidad se mueve:

en la economía, en la demografía, en la sociología, en la energía, en las relaciones de poder.

Como la clase política ha quedado anclada en una mentalidad prehistórica, es incapaz de encontrar las síntesis necesarias que permitirían volver a conjugar espíritu, alma y carne.

Lo que nos interesa son las dinámicas, los fenómenos, que hoy el estupidismo binario considera contrapuestos: aquello que impulsa la emancipación, el rearme y la centralización de Europa, y aquello que impulsa la eliminación de las demencias radical-chic y el retorno a la normalidad, incluso a una normalidad elemental.

Por el momento, estas dos fuerzas aparecen —en el escaparate— como contrapuestas, y esto sugiere que debemos elegir entre avanzar como Europa, pero detrás de una clase dirigente vergonzosa, o aceptar nuestra muerte histórica y nuestra sumisión a Estados Unidos y China (con Rusia como simple unidad antidisturbios de Yalta 3.0), pero sin policía del pensamiento, al menos en principio.

Si nos dejamos desarmar por esta supuesta alternativa, suicida en cualquier caso, es porque hemos perdido el sentido del movimiento, de la historia, de la dinámica; es porque estamos alienados. Y es precisamente porque esta alienación expresa una participación no física sino externa, basada en la delegación, que exige identificarse con algún superhéroe imaginario de Marvel. Al no saber ya cómo moverse, cómo construir, cómo incidir, uno se ve necesariamente obligado a identificarse con quien en ese momento gestiona un proceso, y no con el proceso mismo, y mucho menos con las perspectivas que pueden realizarse dentro de ese proceso. Esto ocurre cuando ya no se está presente para uno mismo, sino que se vive como espectador y como plebe agitada en la web.

Por el contrario, siempre hemos dicho que estaremos a favor de cualquier proceso que conduzca al crecimiento de Europa como potencia y como fuerza independiente

porque eso es lo que nos interesa, y no quién desempeñe en ese momento el papel de anchorman. Ya sea Macron, Draghi o Espinete, nos da lo mismo: no nos identificamos con las personas, ni tampoco con sus ideologías, sino con el proceso risorgimental en curso y con aquello que de él surgirá.

Esto también se aplica a la dinámica de la insurrección electoral populista

Sabemos muy bien que han sido muy pocos quienes han sabido captar este impulso y ofrecerle una dirección política concreta y positiva.

Sabemos perfectamente que al frente de este antagonismo se encuentran, durante poco tiempo —porque la dinámica los arrolla y los sustituye casi cada día—, unos incapaces, unos charlatanes, unos agentes de otros, pagados tanto por las potencias enemigas de Europa como por los gobernantes nacionales, que pueden utilizarlos como espantajos para convertir en votos el miedo que inspiran en la mitad de la mitad de los electores que votan, y que de este modo acabarán votando por oligarquías sin oficio ni beneficio.

También sabemos que los dirigentes antagonistas son casi todos incluso peores que los políticos mainstream: son fanfarrones incapaces de ofrecer recetas que no sean simples payasadas de bar.

Pero no cometeremos el error de los “soberanistas”, prisioneros de su propia ineptitud y alienación

para quienes es mejor que Europa se derrumbe y sea esclava antes que apoyar a su clase dirigente. El problema es que ellos no juegan, ni siquiera entrenan: animan desde la grada. Por eso razonan de esa manera.

Nosotros no diremos que el género, lo woke y el imaginario liberal son preferibles porque no queremos tener nada que ver con un Farage o una Weidel, y demás. Precisamente porque nosotros no animamos desde la grada. Cuando podemos y donde podemos, entramos en el campo; cuando no podemos, entrenamos para jugar, y nunca lo hacemos en la PlayStation.

Sabemos perfectamente que la revolución silenciosa que está en marcha debe terminar uniendo entre sí estas dos dinámicas que hoy se presentan como opuestas. La tarea histórica consiste en volver a presentar una vanguardia capaz de realizar una síntesis y de hacer respirar juntas el solve y el coagula.

Tranquilos, esto no sucederá con los dirigentes de lo políticamente correcto, ni tampoco con los del populismo. Casi todos ellos, y con ellos sus “cuadros”, serán seguramente arrastrados por la corriente.

Nosotros pretendemos actuar en la dirección correcta y hacerlo sin reparos ni pausas.

Y daremos a la corriente una visión y una solución positiva, porque estamos en condiciones de hacerlo.

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