Retomo el debate que inicié sobre el Estado profundo para precisar mejor mis ideas. Quienes no hayan leído mi reflexión anterior deberían hacerlo en el enlace indicado https://noreporter.org/la-obsesion-del-estado-profundo/
de lo contrario, esta aclaración resultará menos comprensible.
Sostengo que nada puede corregirse sin entrar en el terreno de juego, y ese terreno es, inevitablemente, el llamado Estado profundo, con el que es necesario interactuar directamente.
¿Pero qué significa esto?
No significa “entrismo” ni la pretensión de apropiarse de los lobbies existentes. Al contrario, implica crear nuevas formas de poder y relacionarse con la sociedad.
La narrativa populista suele presentar el Estado profundo como algo artificial y casi ilegítimo, cuando en realidad constituye el entramado de fuerzas sustanciales que, desde siempre, han dado forma a toda sociedad y a todo Estado. Solo coincide en parte con las instituciones formales, ya que es—por naturaleza y necesidad—independiente de los procesos electorales, o al menos no depende exclusivamente de ellos.
En este “estado profundo”
encontramos logias, lobbies, funcionarios, asociaciones, militares, policías, periodistas, jueces, profesores, ONGs, parroquias, etc.
Si todo ello conforma la galaxia del poder real—más estable y menos contingente que el poder parlamentario o gubernamental—es evidente que hablamos de estructuras muy diversas.
No es posible reformar de raíz una logia o un lobby, pero sí es factible, con paciencia, influir en las dinámicas internas de categorías abiertas—funcionarios, docentes, militares, magistrados—y hasta construir lobbies populares a nivel local, o impulsar nuevas asociaciones, desde fundaciones hasta ONGs.
El temor de que las oligarquías dominantes, unidas por una lógica subversiva, actúen como un bloque compacto es solo parcialmente fundado.
Lo es porque—en este punto el populismo acierta—la clase dirigente atraviesa una crisis profunda.
Pero esto no significa que el sistema de poder se derrumbe. Más bien está transformándose, y la élite progresista ya no consigue gestionar ni el proceso ni la narrativa.
Lo que la debilita son ideologías utópicas, pacifistas, frágiles y “woke”.
No soy marxista
pero algunas intuiciones de esa tradición son valiosas. Una de ellas afirma que la ideología dominante emana de la clase dirigente. Sin embargo, esta debe articular un discurso que no solo sirva a sus intereses, sino que también responda a las necesidades materiales de la sociedad.
Hoy, cuando la guerra vuelve a ser un concepto familiar (y lo importante no es tanto contra quién, sino la mera idea de guerra), las ideologías débiles deben corregirse. La misma lógica subversiva que acompañó la globalización debe ceder, al menos en parte, a una lógica constructiva, necesariamente distinta de la aún dominante.
Esto, sin embargo, no debe inspirar un optimismo ingenuo, pues todo ocurre en un contexto de fuerte declive demográfico, el mayor problema de nuestros pueblos.
Y el hecho de que existan condiciones favorables no significa que vayan a producir resultados positivos si nadie interviene de forma adecuada.
He aquí el verdadero punto crítico
Hasta ahora, el populismo—de derecha, de izquierda e incluso de centro—se ha apoyado en la certeza de que la oligarquía colapsaría, llegando a la absurda fórmula del “pueblo contra las élites”, como si la historia no se hubiera forjado siempre en los conflictos entre élites.
Ha apostado por la derrota, incluso por la imposible desaparición del Estado profundo.
Se ha limitado a la denuncia y al voto de protesta, ignorando las verdaderas estructuras de poder.
Como dijo el brillante ministro socialista italiano De Michelis, se ha fijado solo en lo que está “sobre la mesa”, no en lo que permanece “debajo de la mesa”.
Y puesto que las necesidades materiales pesan más que los dogmas ideológicos, cuando los populistas han gobernado ciudades o regiones (la Liga y el Movimiento Cinco Estrellas en Italia, o el Rassemblement National en Francia) se han visto obligados a ser mucho más pragmáticos de lo que proclamaba su propaganda, hasta el punto de ser acusados de traición.
El verdadero déficit es anterior
La lógica dual y antagonista basada en dogmas resulta paralizante. Incluso cuando parece generar consenso, no ofrece más salida que compromisos.
Pero esos compromisos carecen de cimientos firmes, porque todo se construye sobre la oposición por sí misma. Y así terminan siendo compromisos perdedores.
Lo que ha faltado siempre es una reflexión seria sobre el adversario, sistemáticamente demonizado o ridiculizado.
Esto se ha visto en la economía verde, un fenómeno mucho más complejo de lo que se suele creer. También en el caso de las vacunas. Personalmente siempre fui escéptico respecto a la eficacia del ARN frente al COVID. Pero la narrativa populista predominante fue conspirativa, presentando las vacunas como un intento de exterminarnos, esterilizarnos o controlarnos (como si no lleváramos años viviendo bajo vigilancia).
Sin embargo, Israel—con uno de los sistemas sanitarios más avanzados—vacunó masivamente a su población; Estados Unidos acaba de anunciar una vacuna universal contra el cáncer basada en ARN; y en Rusia la vacuna de ARN es obligatoria desde hace dos semanas.
Esto no demuestra que la decisión fuera correcta. No soy experto y sigo siendo escéptico. Pero atribuir a la clase dirigente simple sumisión a complots satánicos o pura estupidez no ayuda a comprender lo que ocurre, ni mucho menos a intervenir de otro modo que no sea la indignación impotente.
Para tener impacto real
se necesita una visión del mundo clara y sólida, asumida con convicción serena y firme, y luego la constitución de una minoría activa y organizada.
De lo contrario, no habrá cambios de fondo.
Incluso si todo el disenso se uniera, no sabría hacia dónde ir—solo dónde no ir. Y eso no es lo mismo.
Además, la certeza populista de ser mayoría es ilusoria: rara vez su lista principal supera un tercio de los votantes (menos de una quinta parte del electorado).
Tampoco puede proclamarse auténtico “representante del pueblo”, ya que en casi todas las cuestiones de fondo la sociedad se divide en dos mitades equivalentes, lo que conduce a la parálisis.
Para pasar de la protesta a la acción
se requiere una toma de conciencia profunda, seguida de pasos concretos: trabajar desde lo local, organizar nuevos espacios de poder, reconstruir el tejido social. En suma, una reconstrucción desde la base que permita transformar la estructura institucional hasta lo más alto.
Comprender esta necesidad significa superar la falsa dicotomía entre electoralismo y gestos extraparlamentarios. Lo esencial es reconocer las distintas realidades que componen la sociedad y, por tanto, el poder, estableciendo complementariedades entre ellas.
Quien actúa en lo real puede o no participar en lo institucional, según su carácter y sus circunstancias.
Si no son estériles, estas acciones se equilibran entre sí y dan lugar a nuevas minorías operativas, que ojalá estén preparadas para los retos del futuro próximo.
No es cierto que este camino no se haya iniciado ya en varios países y localidades, pero hasta ahora lo ha hecho de manera instintiva, como predisposición. Mientras no se convierta en estrategia, no se podrá hablar de verdaderas alternativas a las oligarquías subversivas dominantes.