Francia o España, da igual

Un ensayo general para la estrategia de la tensión en Europa

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Recuerda el “otoño caliente” italiano, el de 1969, inmediatamente después del “Sesenta y ocho”, que marcó el inicio de la estrategia de la tensión, con la matanza de Piazza Fontana, en Milán.

Que en toda Europa se respira un aire de estrategia de la tensión lo escribimos recientemente en el documento político que, si todavía no lo tenéis, podéis descargar en el siguiente enlace:

https://noreporter.org/wp-content/uploads/2026/10/DemisamigosmeguardeEsp-1.pdf

No hay que creer que todo haya sido montado de principio a fin, pero que esté siendo manipulado e instrumentalizado, eso sí.

Habrá que dar un gran salto adelante en la comprensión de la realidad

porque, en esta época de crisis y transición, los conflictos se multiplican y son mucho más serios e importantes los que se libran dentro de cada bloque e incluso dentro de cada partido —porque responden a centros de intereses enfrentados entre sí, que además están sujetos a distintos grados de dependencia extranjera— que aquellos escenificados entre los distintos “grandes bloques”, sean de derecha o de izquierda.

Suecia lo demuestra: su coalición de centroizquierda, que acaba de ganar las elecciones por un estrecho margen, es la suma de tres políticas diferentes e irreconciliables.

En definitiva, es tiempo de protestas, de movilización, de distintos populismos, de tonos encendidos sin soluciones reales, de políticas erráticas y apresuradas; y por ello es también tiempo de manipuladores y, con ellos, hay que hacer las cuentas.

Esto vale para muchos escenarios.

Una reflexión telegráfica sobre lo que las izquierdas están escenificando en Francia y en España

En Francia, la protesta estudiantil es una expresión de la época. Revela la existencia de un cuerpo docente escaso en número y muy poco cualificado, que tiene que lidiar con jóvenes malcriados por un sistema asistencialista. Las reivindicaciones de estos últimos son bastante pueriles: quieren clases con menos alumnos y más financiación para la enseñanza (¿de dónde?), pero no como inversión en calidad, porque también pretenden menos exigencias y una menor selección.

A la protesta, sorprendentemente violenta, se han sumado los aparatos del partido de Mélenchon, que persigue la quimera de la guerra social poniendo juntos a los jóvenes y las banlieues (el islamogauchisme) y a la CGT (el sindicato comunista). Copian el esquema de 1968. Pero, a diferencia de entonces, el Gobierno ha optado por la línea dura. Algunos estudiantes, sobre todo cuando estaban aislados, fueron literalmente masacrados por los antidisturbios. El Elíseo quiere llegar a las presidenciales de la próxima primavera alimentando los miedos, con la necesidad de un giro hacia el orden: entre Mélenchon, que corre el riesgo de no llegar a la segunda vuelta tras sus últimas salidas, y Marine, que debería acceder a ella con una amplia ventaja, apuesta por un tercer candidato tranquilizador.

En 1968, en varios países, la contraparte nacionalrevolucionaria animó una protesta diferente y paralela

que en ocasiones llegó incluso a cruzarse con la protesta roja. Se trataba de una alternativa que marcó una línea que encontró su espacio en el mundo estudiantil y que posteriormente alimentó una continuidad generacional en torno a la causa.

Por el momento no conozco expresiones de una movilización estudiantil alternativa a la predominante, que se apoye en el espíritu de cuerpo y en la solidaridad generacional que anima a muchos estudiantes que, sin embargo, no se reconocen en la antropología ni en las posiciones de los agitadores de la izquierda.

Y esto es una lástima, porque semejante ausencia podría tener consecuencias de cierta importancia para la popularidad futura.

En España, la protesta tiene otra motivación, mucho más válida en sí misma, más allá de su instrumentalización

Con la democracia, que desmanteló el entramado franquista, la especulación inmobiliaria y la especulación sobre la vivienda se dispararon hasta extremos inimaginables. Ahora existe un oligopolio bancario sobre la propiedad y la especulación campa a sus anchas, y con ella los desahucios, no pocas veces injustificados y feroces, como el de la octogenaria Maricarmen Abascal en Madrid.

Sánchez, que, junto con Macron y Giorgia Meloni, es uno de los pocos gobernantes que poseen inteligencia política y carácter, está utilizando las protestas callejeras desencadenadas por el caso de Maricarmen para hacer olvidar Ceuta y para perder las elecciones —siempre que no haga milagros en un mes y medio—, no por esa crisis que lo arruinaría, manteniendo en cambio el liderazgo de una izquierda que se encontraría en la oposición de una difícil coalición PP-Vox, que él considera que no conseguirá durar mucho tiempo.

Lo que ha motivado las elecciones anticipadas ha sido la derrota de los decretos del Gobierno contra los “fondos buitre”, sobre los cuales la mayoría gubernamental nunca había votado de manera compacta.

Al tratarse en este caso sobre todo de una táctica política, no hay espacio para una componente alternativa que haga suyas las reivindicaciones de la calle.

Sin embargo, existe la posibilidad de difundir

lo que fue la “Política de Vivienda” de Franco, encomendada directamente a la Falange, que había proporcionado vivienda prácticamente a todos los españoles.

Fue la democracia, con su suma de egoísmos cínicos, la que lo trastocó todo.

Lo que los actuales rebeldes de izquierda reclaman —y, por cierto, bastante mal— no es más que una minucia comparado con lo que los españoles tuvieron garantizado durante un buen medio siglo.

Entre los manifestantes se ven ondear por todas partes banderas republicanas, las de la franja morada y sin los símbolos de España. Alguien debería enseñar a estos jóvenes que es precisamente el retorno subrepticio y gradual de esa Anti-España lo que ha producido la especulación y, por tanto, los fondos buitre que fueron partidarios de la República.

¡Hay otra bandera muy distinta que enarbolar para las reivindicaciones por la vivienda!

Sea como sea, cada uno de estos escenarios demuestra un fracaso, y no es el fracaso de una parte, sino el de la arquitectura humana, moral y política del antifascismo.

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