No hay nada que decir: la prueba de los hechos nos está dando satisfacción.
No solo porque demuestra que no nos equivocamos en nuestros análisis y previsiones ya desde hace cuarenta años, sino porque demuestra que el retraso de las clases dirigentes respecto de la realidad es tan grande que las ha arrastrado al solipsismo abstracto; algo parecido a lo que ocurre entre los “antagonistas” con las bromas del filorrusismo y del multipolarismo. A estas alturas, todos flotan como plumas —o quizá como alguna otra materia orgánica— sobre la superficie de un mar embravecido cuya naturaleza no comprenden en absoluto.
Ahora que la victoria de la AfD en un estado federado alemán se suma a la confirmación de RN como primer partido de Francia, mientras en Ucrania los símbolos del pasado dominan en el frente y en los corazones, asistimos a las angustiadas autocríticas de las burguesías radical chic, cuya asombrosa pobreza intelectual solo encuentra un equivalente en el triunfalismo pasivo y mesiánico de las derechas terminales, que confunden este cambio de ritmo hacia el futuro con el comienzo de los escenarios psicóticos que han alimentado en sus guetos y pubs.
No han entendido nada
Los primeros invierten el análisis y proponen recetas de contención que no tienen ni pies ni cabeza: recuerdan al paracetamol y a la “espera vigilante” en caso de Covid. Los segundos ven en la marea creciente del rechazo popular la premisa para el derrumbe irreal de un sistema que, según sus fantasías, marcaría entonces el advenimiento de una democracia pura en la que cada uno permanecería felizmente estancado en su propia aldea “soberanista”.
Ya no se trata de “ni frente rojo ni reacción”, sino de “ni psicosis ni demencia”.
Los reaccionarios progresistas (eso es hoy el mainstream) no comprenden que la marea creciente del rechazo popular no se debe a la incapacidad política y jurídica de ponerle freno, sino al cambio de las realidades económicas y sociales y de las relaciones internacionales que, como anunciábamos hace cuatro décadas, ha redistribuido geográficamente el botín, concentrado las riquezas en pocas manos, proletarizado a la población pero, sobre todo, la ha hecho pequeño-burguesa y ha producido así una situación social y psicológica similar a la de la primera posguerra. Lo anunciábamos ya en 1986 y exhortábamos a actuar en esa dirección para poder capitalizarlo.
Hoy no existe ninguna posibilidad psicológica, ni tampoco económica, de relanzar la socialdemocracia; el liberalismo desvinculado no genera suficiente producción; el comunismo es socioeconómicamente un fracaso y no puede sobrevivir si no es financiado por uno de los otros dos sistemas capitalistas.
Falta la capacidad de ofrecer una interpretación. Por eso las clases dirigentes de la administración políticamente correcta son impotentes y están rabiosas: pero la fiebre no se reprime.
Sobrevivirán mientras la alternativa popular no ofrezca clases dirigentes capaces de dar respuestas y alcanzar síntesis
Mientras tanto, el sistema funcionará como un gran estómago, sin ser cuestionado, pero con continuos fenómenos de reajuste. Algo parecido a lo que ocurrió en Francia desde 1789 hasta Napoleón. Probablemente —pero no es seguro— sin guillotinas.
Falta casi por completo la capacidad de expresar visiones y personalidades políticas en el frente populista, que se ha acostumbrado a vivir de las rentas de la situación, pero que ahora está llamado a demostrar cuánto vale. La única vez que fue puesto a prueba, con el gobierno amarillo-verde en Italia, demostró que puede hacer añorar incluso a las clases dirigentes que están actualmente en el poder. La distancia que hay que salvar para poder ofrecer algo a aquello que los electores, de manera confusa, están pidiendo es estratosférica.
Y esa es la razón por la que no se deben delegar las esperanzas en los representantes, terriblemente ocasionales, efímeros e intercambiables, del populismo y del soberanismo, como ocurrió precisamente durante la Revolución Francesa, sino que hay que cabalgar el tigre y regenerar el tejido popular con vistas a la Síntesis.
Remito una vez más a mi documento político, que señala un camino y una brújula y cuya versión en inglés saldrá como mucho la próxima semana.

