Égalité et Réconciliation, asociación política francesa «rojiparda» fundada y presidida por Alain Soral, es objeto del inicio de un procedimiento de disolución por delitos de opinión por parte del Ministerio del Interior.
En Francia esto es recurrente y no debería sorprender a nadie.
En este caso concreto, habida cuenta de la lobotomización generalizada que supone el fanatismo de trinchera y de la acritud que lo acompaña, el asunto no debería incumbirme en absoluto, porque las posiciones de E&R y las mías están muy alejadas.
Por tanto, incluso podría sonreír ante sus desgracias por varias razones.
Rusia: Para ellos, Rusia se enfrentaría geopolíticamente a la OTAN y su régimen sería mejor que los occidentales.
Yo, en cambio, sostengo que Rusia es el pilar indispensable para que la OTAN sobreviva, que el Kremlin es un títere estadounidense y que el putinismo constituye una mezcla de mafia, oligarquía y mentalidad bolchevique incluso peor que la de la URSS. Sostengo que Rusia, por decisión unilateral, además de ser enemiga declarada de toda Europa, de su historia y de su civilización, lo es particularmente de Francia, como puede comprobarse en África.
Europa: Ellos están a favor del Frexit; yo estoy a favor de una Europa mucho más poderosa y centralizada, dotada de atributos imperiales.
Esperan que el conflicto impulse la desintegración de la UE, algo que, a mi juicio, no ocurrirá. Yo, por el contrario, espero que sirva para que supere todos los impedimentos que se ha impuesto a sí misma mediante tratados que frenan sus decisiones al exigir una unanimidad imposible y paralizante. A mi modo de ver, los problemas de la UE son exactamente los opuestos de los que sostienen los soberanistas.
Oriente Medio: E&R expresa su solidaridad con Irán y considera a Hamás un movimiento de liberación. Yo considero que Irán es una potencia regional teocrática que, además de oscurantista, tiene una enorme responsabilidad en la destrucción de las causas nacionales y sociales en todo Oriente Medio. Y considero a Hamás una organización mafiosa y terrorista, manipulada por diversos actores, que, entre otros crímenes de los que se ha hecho culpable, ha arrodillado Palestina.
Visión del conflicto: E&R tiene su propia interpretación de ese razonamiento populista tan extendido que cree percibir un conflicto entre «los de abajo y los de arriba», «el pueblo y las élites», «los oprimidos y Occidente».
Es un esquema mental muy parecido al del comunismo más rancio, que considero abstracto, alejado de la realidad y en absoluto seductor.
Estoy convencido de que, en la transformación social que está teniendo lugar, el problema no es el poder de las élites, sino precisamente su escasez y la parálisis de las relaciones socioculturales que permiten su regeneración en un contexto popular. Vislumbro no pocas posibilidades de regeneración a través de lo que he denominado «revolución silenciosa», que tiende a regenerar los tejidos sociales y a revitalizarlos, a producir no una escisión, sino una síntesis. No soy, por tanto, partidario del antagonismo, que considero una forma inmadura de extremismo, incompatible con el radicalismo.
¿Por qué debería entonces solidarizarme con ellos?
Por no pocos motivos.
Cada una de estas diferencias es conceptual, teórica y estratégica. Eso no significa que no pueda haber otros aspectos en los que estemos de acuerdo, pero, sobre todo, nada de ello afecta a la antropología ni a las motivaciones que hay detrás de una elección. Estas pueden ser —y a menudo lo son— buenas, independientemente de que las orientaciones adoptadas sean equivocadas, o pésimas, incluso cuando las orientaciones puedan ser acertadas.
Y este es precisamente el primer criterio de distinción: la calidad humana de quien, movido por sus convicciones, toma una decisión.
A quienes desprecio —literalmente— no los desprecio por la clase de bando que han elegido, sino porque lo han hecho indignamente. Desprecio a quienes van con el platillo en la mano a pedir fondos a los rusos y terminan convirtiéndose en sus dependientes; no tanto porque se hayan vendido a los rusos, sino porque se han vendido. Sea cual sea el amo, el hecho no cambia: es servilismo. Y lo sigue siendo aunque se comparta su causa, porque cuando uno decide depender de otro deja de ser libre. En cambio, aprecio a quien lo hace de manera independiente y a sus propias expensas.
A quienes, en apoyo de la causa que han hecho suya, se burlan de los combatientes, de los prisioneros, de los niños deportados, de los pueblos que luchan por su independencia; a quienes recurren a esa mofa siniestra, propia del ser inferior que ridiculiza todo ideal que le es ajeno, que menosprecia, calumnia y exhibe su propia indignidad, los considero, sinceramente, menos que una cucaracha. Aunque, por razones que quizá un psicoanalista podría explicar bien, esta actitud esté particularmente extendida entre ciertos prorrusos, lo mismo vale, por supuesto, cuando los bandos se invierten.
Elegir un bando no nos hace necesariamente mejores que quienes eligen otro.
Sucede que en un bando hay más personas cabales que en el otro: es algo recurrente en la vida y en la historia, y quizá deberíamos preguntarnos por qué determinadas naturalezas se sienten más atraídas por una causa u otra. Pero nadie se vuelve mejor o peor por la etiqueta que lleva en la frente ni por una supuesta transferencia automática de cualidades.
Por eso me solidarizo con Égalité et Réconciliation, que se enfrenta al riesgo de disolución.
Y por algo más.
La represión constante de la expresión de ideas y del asociacionismo políticamente incorrectos no demuestra en absoluto que el poder tenga miedo de quienes reprime; demuestra, más bien, el cortocircuito de una élite falsa y desgastada, aferrada a dogmas ideológicos que hacen aguas por todas partes, mientras ve cómo el suelo se desmorona bajo sus pies.
Esto no sucede por obra de las minorías políticas de oposición, ni tampoco únicamente por el voto popular masivo contra lo woke, sino precisamente porque, con cada día que pasa, esa élite se encuentra más alejada de la realidad. Por desgracia, quienes capitalizan el descontento casi nunca tienen la capacidad ni la lucidez necesarias para dar una dirección serena y constructiva a la revolución silenciosa. Así, los equilibrios siguen manteniéndose en pie, pero con una carencia manifiesta de una clase dirigente digna de ese nombre. Y es precisamente por eso por lo que esta no consigue actuar sino mediante decretos y leyes especiales, porque es incapaz de caminar por sí sola.
El otro día, hablando con un alemán, nos preguntamos qué nos había impulsado a iniciar nuestra actividad política cuando éramos muy jóvenes. Llegamos a la conclusión de que las razones fundamentales habían sido dos: el honor y la libertad.
Estas son las razones por las que me solidarizo con los investigados de Égalité et Réconciliation. Con algunos de ellos existe una afinidad antropológica, pero, al margen de ello, quienes me conocen saben que siempre me he solidarizado también con enemigos de verdad cuando han sido víctimas de una injusticia.
Los principios son más importantes que los valores y, en última instancia, ambos importan más que las convicciones políticas. Estas solo tienen valor si, al hacerlas propias, uno conserva todo aquello que las trasciende. No en vano, es la justicia de la causa la que santifica una guerra, y es la nobleza de carácter la que hace verdaderamente válidas las convicciones.
Yo no participo en ese jueguecito de la guerra civil de teclado, librada a golpe de verborrea dentro de un gueto. No soy tan limitado ni mezquino como para hacerlo. ¿Otros sí juegan a menudo? ¿Otros están dispuestos a humillarse y envilecerse hasta ese punto? El problema es suyo, no mío.
Deberían ser capaces de levantar la cabeza.

